Jonatán Cruz-Capítulo 1-Amigo Lobo

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Jonatán Cruz-Capítulo 1-Amigo Lobo

Mensaje  Admin el Dom Mar 30, 2008 6:16 pm

Llovía. Las gotas impactaban contra los vidrios y los relámpagos iluminaban esporádicamente el cuarto. Miré el portarretratos. Claire, no podía dejar de pensar en ella, en aquella noche lluviosa en la que la había perdido tan solo un año atrás. Estaba en mi casa. Las gotas impactaban contra los vidrios, los relámpagos iluminaban esporádicamente el cuarto y una ráfaga de viento helado me despertó. Las cortinas blancas temblaban en la oscuridad. Alguien había abierto las ventanas. Fui al cuarto de mi hija y no la encontré. En su lugar sólo quedaban las sábanas, las frazadas revueltas y el hueco en el colchón que había dejado el peso de su pequeño cuerpo durante la noche. Había pisadas húmedas en el suelo.
Las seguí y mientras las seguía temía lo peor. Había hecho cosas que nadie debe realizar, había abierto puertas que deben permanecer cerradas, había convocado seres que nunca jamás un mortal debe convocar, había tocado misterios insondables. Tenía un motivo. Mi mujer había muerto en mis propias manos hacía tan solo meses. La amaba profundamente. Me parecía injusto que una enfermedad se llevara en tan solo días a una persona que había llenado todo lo que la rodeaba de felicidad. Rosa, rubia, angelical, todo lo que ella emanaba parecía tener que ver con la vida. La vi languidecer, apagarse tal cual fuera una vela que se consume frente a nuestras propias narices. No lo pude tolerar. Hasta ese momento estaba acostumbrado a resolver las cosas a golpes de puño. Jamás en mi profesión había dado un caso por cerrado sin tener al responsable esposado.
Los días siguientes a la muerte de mi esposa fueron catastróficos. Me echaron del departamento de policía. Decían que no podían permitirme estar en la calle con el aliento a alcohol con el cual llegaba todos los días. En fin, se perdieron a su mejor hombre. Mientras tanto yo aproveché mis vacaciones forzosas para recuperar a aquella que se había ido. Hablé con brujos, hice sacrificios. Me incluí en prácticas que los horrorizarían y que incluso a mí, cuando las recuerdo, me hacen tener escalofríos en la espalda. La noche anterior a la desaparición de Claire le había encendido una vela negra a San la Muerte para que me devolviera a mi esposa, a Rosa, a quien tan injustamente se había llevado.
La huellas se hacían más profundas en el barro en la boca del puente de la Boca. Pude distinguir una silueta negra en la otra punta, de su mano, tal cual estuviera hipnotizada caminaba plácidamente Claire. En ese momento extendí mi mano y apunté con mi Smith & Wesson del especial. La figura giró y detuvo todo. Las luces de la ciudad dejaron de titilar en las negras aguas, los sonidos o bien se apagaron o bien quedaron suspendidos en una única nota, las gotas, las infinitas gotas que escupía la tormenta quedaron suspendidas en un lugar fijo. Gatillé. Una, dos, tres veces, pero no salió ninguna bala. Sentí la misma impotencia que siente cualquiera que sueña que necesita gritar y su garganta no puede emitir ningún sonido. La sombra se dio vuelta. No tenía cara. En lugar de rostro tenía una calavera. No vi más nada.
A continuación, la lluvia sobre mi espalda, el peso de mi cuerpo contra el asfalto mojado y una camioneta que me iluminaba con los reflectores a centímetros de mi cabeza mientras el chofer me tocaba bocina. Tenía la cara ensangrentada. Los médicos de la guardia hicieron lo que pudieron, pero evidentemente los puñetazos que te dan los demonios son difíciles de sanar. De ahí en más una cicatriz me recorre el rostro y uno de mis ojos, perdió para siempre su color. Da lo mismo, no pensaba presentarme en un concurso de belleza.
Llovía, la gotas impactaban contra el vidrio de mi despacho. Los relámpagos iluminaban esporádicamente el cuarto. El whisky estaba servido en mi vaso y sonó el teléfono. No era la hora en la que suelo contestar las llamadas y no quise hacerlo, pero a la décima vez que el aparato insistía no me quedaba otra opción. Solo podía ser una persona, Sam Marx. El que estaba al otro lado de la línea era, efectivamente, Sam, Sam Marx.
-Jony, necesito tu ayuda. Tengo información que nos puede ser útil para encontrar a Claire, pero tengo poco tiempo para dártela.
-¿Cuánto es poco?
-El tiempo que esta nube de tormenta va a estar cubriendo la luna.
La dirección era fácil de recordar: el cementerio, el cementerio de la Chacarita. Mientras por un motivo que desconocía esperaba que la tormenta me diera el tiempo necesario para llegar, tomé mi Smith & Wesson del cajón del escritorio, me puse el piloto, el sombrero y salí. Odio que se metan con mis amigos.

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Jonatan Cruz-Capítulo 2-Esa mujer

Mensaje  Admin el Lun Abr 14, 2008 3:22 am

Imágenes caían como una catarata. Relámpagos azules en la oscuridad que iluminaban los azulejos también azules del neuropsiquiátrico de agudos José T. Borda. Las drogas que le había ordenado la doctora al delivery hicieron lo que ella buscaba. Me inutilizaron. Me convirtieron en un verdadero loco. Mis dientes rechinaban y mi mente fluía, se deslizaba. Era un torrente que no podía contener, no tenía ningún tipo de freno. Una a una se sucedían mis vivencias. Diapositivas de mi vida. Primero: la playa, Mar del Plata, la Bristol. Mi mujer en su perfecto bikini; el mar que era un incomparable marco esmeralda; la arena color oro, oro puro; Claire con su balde y su sólido castillo de fantasía. La sonrisa de Rosa, verla era sentirse en casa luego de un largo y agotador viaje. Llevaba mi mano a su rostro, pero cuando mis dedos lo tocaron desapareció. Ella, Claire, la playa, el mar, el castillo de arena. En medio de una llanura negra apareció la negra figura de San La muerte. Grité con todas mis fuerzas, grité como solo lo saben hacer los locos. Mis brazos furiosos se toparon con las correas que me aferraban a la cama.
-AAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
No había sido suficiente. Mi mente no podía detenerse. Nuevos relámpagos azules, nuevamente los azules azulejos brillaban. Sam. Sam lobo. Sus ojos de lobo que me miran con el resto de humanidad que quedaban en él. La sala de facultad en donde nos habíamos conocido. Estaba ahí, Sam, y yo también estaba nuevamente ahí, sentado en una de las gradas, con un puro en la mano, oyendo nítidamente su disertación:
-Profesor -una alumno había alzado la mano, estaba indignada- Ud. no puede negar la existencia de Dios. ¿Acaso todas las personas que tienen fe religiosa están confundidas?
-No es lo que digo, yo. Es lo que dice el filosofo que estamos estudiando. Nietzsche cree que todas las personas necesitan crear un dios ilusorio para poder soportar el miedo a la muerte y el miedo a la fatalidad. Nadie, según Nietzsche puede estar excento de este tipo de fabulaciones místicas. Usted puede creer en una religión, o puede creer en el destino, en la predestinación o en que, acaso, un sueño le puede llevar a conocer el número ganador de la lotería. Todo es mentira, pura invención. Según Nietzsche. No es lo que pienso yo, por supuesto.
Levanté la mano. Si hasta ese momento había murmullos en el aula, se hizo un silencio profundo. El mismo Sam Marx titubeo al verme. No tengo un rostro muy agradable. Con una cicatriz en el medio de la frente y un ojo blanco, no se puede ganar un concurso de belleza. De todos modos no me preocupo, poco quiero hacerlo.
-Y Ud. profesor. Ud, que piensa...- mis palabras salieron en medio de una bocanada de humo. Sé que si hubiera sido uno de sus alumnos Sam hubiera evadido la pregunta, pero se sintió intimidado y contestó.
-Al contrario de Nietzsche, yo creo que existen personas que pueden descreer de todo. De espíritus, de fantasmas, de dioses, de todo aquello que no es real. Al menos, yo, no creo en ninguna de esas cosas.
Sonó el timbre, era el cambio de hora y los estudiantes respiraron aliviados y se pararon. Me acerqué a Sam en silencio, mientras ordenaba sus apuntes. Antes de que hablara, me detuvo:
-Es la primera vez que lo veo, si es alumno mío cuide sus faltas...
-No soy alumno suyo.
-Entonces no tiene ese problema -alzó la mirada y me sonrió, ya tenía el portafolios en orden y se disponía a irse.
-Necesito contratar sus servicios -fui claro.
-Me resulta inquietante que alguien quiera contratar un especialista en filosofía moderna para algo. Lo escucho.
-Lo necesito porque Ud. no cree en nada.

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