Jonatan Cruz-Capítulo 2-Sam

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Jonatan Cruz-Capítulo 2-Sam

Mensaje  Admin el Lun Abr 21, 2008 1:53 am

Relámpagos azules en la habitación oscura. La medicación había hecho lo suyo. La doctora no había pensado demasiado, un par de palabras, un examen de rigor, y tres enfermeros me maniataron y me obligaron engullir todas las pastillas que mi corazón podía resistir sin resquebrajarse tal cual fuera un vaso que se cae al suelo.
Ahora mi mente fluía. No podía detenerla. Se había desbordado y deambulaba sin sentido en la autopista del pensamiento. El exterior progresivamente dejaba de existir para mí. Ni quiera podía ver la tormenta que estremecía los vidrios y había convertido a la mañana en noche. Relámpagos azules en la habitación oscura del neuropsiquiátrico de agudos José T. Borda.
Diapositivas. Las imágenes se sucedían una detrás de la otra con la suficiente nitidez como para sentirlas reales. Era un día de playa. El mar esmeralda enmarcaba la arena color de oro. Los rayos del sol destellaban entre las olas. Claire estaba ahí. Descubrí su cuerpo diminuto de inmediato, armaba con su pala un castillo. Sentí la arena húmeda entre los dedos de mis pies descalzos. La brisa marina me envolvía. Al lado suyo la descubrí a Rosa, con su espléndido traje de baño. Sentí que regresaba a casa después de un largo viaje. Ahí estaba ella, viva, tal cual nada, absolutamente nada hubiera pasado y estuviéramos de vacaciones. Una vez más frente a nosotros tres la Bristol. Corrí hacia ellas, pero cuando estaba a punto de tocarla se desvanecieron y mi mano se hundió en un espacio oscuro.
Todo se desapareció, se hizo negro. Una sombra aún más oscura se perfilaba en mi dirección. Era San La Muerte que avanzaba hacia mí y me gritaba: “nunca más, nunca más”. “¡Nunca más..!”, Grité.
Relámpagos azules en la habitación oscura. Grité, grité como un loco, grité hasta sentir mis brazos aferrados con correas en la cama. Grité hasta que mi mente volvió a dispararse sin control. Más diapositivas, nuevamente mi mente retomaba la autopista del pensamiento y me llevaba a un largo viaje. Esta vez era Sam. Primero fueron sus ojos de lobo, aquellas pupilas en las que uno podía imaginar un resto de humanidad. Luego fue Sam, Sam mismo, en su aula, la tarde que lo había conocido. Concluía una de sus clases y discutía con una alumna.
-Profesor, Ud. no puede burlarse de la Fe. Entonces, todas las personas que creen en Dios según su parecer están equivocadas.
-No es mi parecer, es el parecer del filósofo que estamos analizando. Nietzsche fue el que introdujo el concepto de que en verdad los hombres crearon un ser ficcional llamado Dios para tener una respuesta a lo que no tiene respuesta, por ejemplo la muerte.
Alcé una mano. Durante la clase varios alumnos habían girado interrogándose por mi presencia. Mi cara es llamativa. Aunque no merece un premio en un certamen de belleza, existen pocas personas con mis ojos. Puedo citar un ejemplo. Cuando encendí mi primer puro, una chica se acercó para pedirme que lo apagara. La miré fijo y fue suficiente para que agachara la cabeza y vuelva a su asiento temblequeando. El profesor me dio la palabra:
-No se escape a las preguntas. ¿Ud., profesor, en qué cree?
-Eso es algo personal, señor… De todas maneras, le puedo responder que si bien Nietzsche decía que nadie podía escapar a la necesidad de inventarse un Dios, yo al menos no lo tengo. No creo en nada, ni en dioses, ni en espíritus… No quiero ofender a nadie, pero creo que esos son pensamientos de mentes primitivas.
Un murmullo se alzó frente a esa respuesta polémica. El timbre terminó la clase a tiempo, antes que alguna persona ofendida buscara continuar la discusión. Me acerqué. Sam Marx guardaba sus apuntes y libros en el portafolio. Estaba concentrado en eso y recién me notó cuando le hablé.
-Necesito su ayuda.

-Evidentemente Ud. no es un alumno de esta Alta Casa de Estudios… Bien, de todas maneras no puedo dejar de estar intrigado. ¿Dígame porque una persona necesita el servicio de un profesor en filosofía?
Coloqué las fotos sobre el escritorio. Un collage de colores quedó montado sobre la madera. Sam frunció el ceño.
-Pensé que se iba a asustar, debo reconocer que lo subestimé.
-A no ser que piense descuartizarme de esa manera, no tengo razones para estar asustado y al menos supongo que si esa es su intención no piensa hacerlo en este momento, hay demasiada gente.
Descuartizamientos, eso es lo que se veía en las fotos. Me habían contratado dos semanas atrás para atrapar al asesino y necesitaba ayuda. Un hecho me impedía darle caza. Las únicas personas que podían ver al perro de tres cabezas eran las que no creían en él. Así deambulé sin sentido por las calles de Balvanera, sin poder dar con él, mientras sus golpes se repetían.
-Simplemente necesito contratarlo para que encuentre un perro que se perdió…
Sam nunca creyó en el perro, por eso lo encontró… Caminamos por las calles de Once, hasta que en el corazón de la plaza Miserere vió un perro revolviendo la basura. Un perro, por cierto, que yo no podía ver. Sam. Nuevamente, su cara, su moño ridículo, su traje a rayas. Mi único amigo. Sam que me miraba.
-Johny, creo que es un buen momento para irnos de acá. Hace rato que hubiera pagado para que te internaran, pero bueno, en este momento tengo un problema… Un gran problema cuando sale la luna llena, y necesito un poco de tus falsas ciencias y especulaciones tribales hasta que pueda dar con un conocimiento científico más confiable. Si no te molesta vamos a tener que saltar por la ventana y si nuevamente no te molesta voy a tener que conducir yo, parece que anoche estrellaste tres vehículos, lo que rompe tu último récord.

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